Desde el reinicio de la vida democrática en 1983, ninguno de los dirigentes que surgieron del peronismo pudo concentrar en su figura las diferentes tensiones que alrededor de su nombre supo anudar Juan Domingo Perón. La conducción política no volvió a ejercerse sobre la totalidad del conjunto y ninguna de las expresiones emanadas del movimiento ni sus respectivos liderazgos tuvieron la capacidad de situarse como referencia de todas las variantes internas.
Mas allá de esta imposibilidad, lo que no puede soslayarse es que el peronismo tuvo la capacidad de metamorfosearse y adecuar sus propuestas y candidatos en consonancia con las diferentes épocas, atento siempre al contexto internacional, ya sea para proyectarse o para anticiparse, y dejar siempre el sello del Partido Justicialista como telón de fondo de la expresión emergente de su menú de candidatos. Esa capacidad de mimetización epocal sería uno de los elementos que mantendría viva su vigencia temporal. Un modo de transfiguración, que le permitiría persistir en la historia y en el tiempo a la vez que seguiría conservando ese núcleo original como invariante histórico (si es factible pensar con categorías de Ezequiel Martínez Estrada).
La emergencia del kirchnerismo fue producto de esta modalidad partidaria y de una impronta política singular. Desde el inicio de su gobierno, Néstor Kirchner supo que debería lidiar con el resto de los caudillos provinciales peronistas, en un país que presentaba una descomposición de su entramado social y productivo como consecuencia de las políticas implementadas durante los años ’90, un profundo endeudamiento, un Estado cuyo rol había sido reducido en su autonomía y sus funciones, indiferente a la marginalidad y a la exclusión que eclosionó a fines de diciembre de 2001 y el desencantamiento lógico que producían los políticos y la política. Una situación que de manera apresurada podemos definir como: crisis de los partidos políticos, crisis parlamentaria, crisis de representación. Si aceptáramos esta proposición, el kirchnerismo sería una expresión más de las que pudo producir el peronismo en diferentes etapas históricas, tal como fueron la Renovación Peronista o el menemismo.
Pero a diferencia de estas expresiones internas que reprodujeron sin mediaciones el entramado de significaciones simbólicas de rituales y estandartes pertenecientes al peronismo histórico, Néstor Kirchner planteó desde el principio de su mandato una distancia prudencial con el Partido Justicialista, oscilando en su cercanía por entender tal vez, que con un exiguo y vulnerable 22% de los votos y el padrinazgo de Eduardo Duhalde, el PJ funcionaría para su gestión política como un chaleco de fuerza que limitaría sus decisiones al punto de determinarlo y lo volvería dependiente de una liga de gobernadores peronistas.
En el devenir de su gestión, el PJ sería un actor principal y necesario en la etapa de reconstrucción política, pero no protagonista exclusivo ni suficiente, ya que a su entender el PJ por sí mismo, era incapaz de producir esa síntesis política superadora que solicitaba la época.
Néstor Kirchner entendía que para ello era necesario tener por una parte, la voluntad y la fuerza necesaria para el ejercicio de la conducción política capaz de neutralizar las potenciales tensiones internas con muchos dirigentes partidarios, y a la vez de reconstruir ese pacto que restituya la creencia social que implique y reanime la subjetividad de un cuerpo político en el que aún persistía el eco del “Que se vayan todos”.
Ambos aspectos concentraron la principal atención de Néstor Kirchner desde el inicio de su mandato y la sucesión de tres hechos políticos significativos, a pocas semanas de cumplirse el primer año de gobierno, tal vez nos permitan reconocer la estrategia política que marcó los años siguientes: el acto realizado el 11 de marzo de 2004 en Parque Norte, que convocó a transversales y peronistas al cumplirse el 31° aniversario de la asunción de Héctor Cámpora; el acto celebrado el 24 de marzo del mismo año en la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), en el que se anunció la construcción de un Museo de la Memoria (hoy Espacio de Memoria y Derechos Humanos) y dos días más tarde, el Congreso Nacional del Partido Justicialista en el predio de Parque Norte.
La convicción
La ensayista Beatriz Sarlo, considera que los discursos de Néstor Kirchner fueron performativos, una construcción efectuada “no solo a través de las palabras sino en los actos en que las mismas eran pronunciadas. Valían más los actos de enunciación que los enunciados”1. Su observación, es una carpeta más en el contrapiso desarrollado por Verón y Sigal. Al agregar el carácter performativo en el plano de la enunciación, Sarlo incorpora la dramatización del acto.
A su criterio, lo que produce Kirchner, es una puesta en escena a fin de establecer un vínculo con quienes interpela el acto, a la vez que promueve una comunicación sin mediación de su persona. O sea, establece vínculos con Abuelas, Madres e Hijos de desaparecidos, a la vez que construye de manera directa su lazo con la sociedad.
La operación realizada por Sarlo, inhibe pensar la gestión previa desarrollada por Néstor Kirchner durante el primer año de su gobierno: el relevo de la cúpula de las Fuerzas Armadas con el pase a retiro de 27 generales, 13 al- mirantes y 12 brigadieres; las reuniones con organizaciones defensoras de los Derechos Humanos en la casa de gobierno; el pedido por cadena nacional para que el Congreso avance en los procesos contra los miembros de la mayoría automática de la Corte Suprema de Justicia; la renuncia de los magistrados Julio Nazareno, Adolfo Vásquez y Guillermo López, ante la posibilidad de resultar
destituidos por juicio político;
el decreto para que aquellos candidatos a integrar la Corte Suprema deban pasar una etapa de exposición pública, el juicio político contra Eduardo Moliné O´Connor, destituido meses más tarde por el Senado; el pedido a los altos mandos militares en la cena anual para que “contribuyan a la verdad”; la derogación del decreto que impedía las extradiciones de militares solicitada por España de 46 militares; la derogación por el Congreso de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final; el beneficio de indemnizaciones a víctimas de la dictadura; a los hijos de desaparecidos, sin olvidar la propuesta de canje de deuda y la reprogramación de las obligaciones con los organismos financieros multilaterales.
Sí “la descripción es necesaria para la comprensión” como afirma Sarlo, en el prólogo de su libro, al sustraer las medidas impulsadas por Kirchner en los primeros doce meses de gobierno, el proyecto político iniciado en el 2003 queda despojado de todo encantamiento para situar en su personalidad y su gestión una cuestión propia a todo político aunque no suficiente, como es el cálculo de sus actos.
El desafío político que presentaba la época exigía mucho más. Se precisaba establecer un modo de interpretación de la historia que permita parir desde los restos de la vida política, la promesa poética capaz de instituir un nuevo relato. No se trató de una invención que por la construcción de una “ficción orientadora”, aspiraba a restituir un sentimiento de pertenencia e identidad.
Se trató más bien, del surgimiento de un relato a partir de una correspondencia entre la acción política y una época, que al fundirse en un contexto determinado produjo como resultado un acto ético. Kirchner, percibió la situación, ese momento oportuno o kairos, en que pudo repensarse lo social, lo humano y la política. Por ello, no se trató de un decisionismo schmittiano, sino de una elección que acabó con el desajuste existente entre el derecho y la justicia, o mejor dicho, al situar en la deliberación previa a su decisión la unidad entre el derecho, como mecanismos de códigos, formas jurídicas y procedimientos tribunalicios y la Justicia, como búsqueda por la verdad, se constituyó un momento político fundante, que permitió la reconstitución del tejido social y político con la sociedad y que habilitó una política de DD.HH. y de la memoria , cuya máxima expresión se manifestó en el acto del 24 de marzo del 2004.
En su evocativa exposición, Néstor Kirchner reivindicó los “sueños y las ilusiones” de los compañeros de su generación, y en su carácter de Presidente de la Nación, pidió perdón “en nombre del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia”.
En sus palabras no hubieron referencias al informe de la Conadep, ni al juicio a las Juntas impulsado por el gobierno de Raúl Alfonsín. La falta de reconocimiento al primer presidente de la democracia post dictadura y a la Cámara Federal que condenó a los ex comandantes, fue motivo de crítica, pero dicha omisión, no respondió a cuestiones de cálculo ni olvido.
En el discurso en la ESMA, Kirchner fue en busca de su propia herencia y esta no podía inscribirse como un apéndice más ni de los avances, ni de los retrocesos de sus predecesores. No se trataba de efectuar reconocimientos parciales con las correspondientes condenas a las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, así como al indulto decretado por el gobierno de Carlos Menem. En el discurso dado por la máxima autoridad de la nación, la Justicia y la lucha contra la impunidad, no podían existir postergaciones o imposibilidades.
Si la pretensión era gobernar para hacer un país más equitativo, con inclusión social, luchando contra la política implementada en la década del 90, era preciso reivindicar desde el Estado una demanda pendiente que vinculara el pasado y el presente y no estuviera sujeta a ningún tipo de mediaciones que atentasen con restablecer la disociación por la cual, el derecho reclamaría para sí el uso de la justicia.
Previo a su discurso en la ESMA, Néstor Kirchner, acompañado por todo el gabinete, produjo un acto emblemático en el Colegio Militar de la Nación. El presidente y Comandante en Jefe de las FF.AA., le ordenó al jefe del Ejército, General Roberto Bendini, que descuelgue los cuadros de Jorge Rafael Videla y de Roberto Bignone, ex presidentes de facto y antiguos directores del Colegio Militar. Con gesto adusto y voz terminante Kirchner ordenó:
-Proceda.
Ese fue el momento en que se revirtió el curso de la historia. No sólo por la carga de realidad efectiva que emanaba de la escena, sino porque la misma evocaba la representación trágica de un cuadro vivo del pasado que signó la vida política argentina. El 3 de septiembre de 1974, en la revista “La Causa Peronista” Mario Firmenich y Norma Arrostito, contaban los pormenores del Operativo Pindapoy, tal como se lo había denominado.
La única versión sobre los hechos, daba cuenta que el 29 de mayo de 1970, la misma fecha en que el Ejército festejaba su día, era secuestrado el teniente general, Pedro Eugenio Aramburu, uno de los mentores del golpe de Estado que derrocó a Juan D. Perón; responsable de la desaparición del cuerpo de Eva Perón; quien legalizó el 9 de junio de 1956 la matanza de 27 argentinos sin juicio previo y causa justificada, condenó a muerte a ocho militares, entre ellos a su compañero de armas, el general Juan José Valle, violando lo resuelto por el Consejo de guerra que había fallado la inocencia de los acusados.
A un año del Cordobazo nacía la organización Montoneros y allí se revelaban los detalles: la logística, el modus operandi, el secuestro del militar, su traslado a una quinta en Timote, Provincia de Buenos Aires y la escena previa a ser ejecutado en el sótano3. Sobre el tema fueron escritos muchos ensayos, ficciones y se produjeron películas. Dicho acto tuvo diversas interpretaciones de allí la dificultad para su calificación al momento de nombrarlo: ¿muerte?, ¿crimen?, ¿ajusticiamiento?, ¿asesinato?
La dificultad se amplificaba con el hecho atravesado por el paso histórico del tiempo4. Para unos, se trató de un acto de justicia. Para otros, un acto de venganza. Fernando Abal Medina, en su carácter de jefe de la organización Montoneros, asumió la responsabilidad de la ejecución en el sótano de la quinta La Celma. El diálogo que allí se produjo fue el intercambio típico entre dos hombres de armas. Por el uso del lenguaje militar puede observar- se que más allá del dominio que Montoneros ejercía sobre la situación existía una asimetría encubierta: en el umbral de la ejecución, el jefe de la organización le informaba al general el acto que a continuación iba a realizar y el militar lo auto- rizaba a llevarlo a cabo:
-General -dijo Fernando-, vamos a proceder.
-Proceda -dijo Aramburu.
Proceda, fue la orden dada por el general a quienes aspiraban a restaurar el orden por sobre el desquicio histórico- político que sobrevino a partir de 1955.
“Proceda, un verbo en modo imperativo aunque en su lugar el imperativo funciona también como un recto reconocimiento de lo inevitable”. El “proceda” ordenado por Néstor Kirchner en la ESMA, reconstruyó una escena del pasado pero esta vez despojada de todo vestigio de venganza para situarla en un presente de Justicia.
En el marco del Estado de derecho, Néstor Kirchner ejerció su autoridad como comandante en jefe de las FF.AA y ordenó “bajar los cuadros” de los dos militares, el primero y el último, que marcaron el segmento temporal de la
dictadura más sangrienta de la República Argentina.
b. La conducción
La transversalidad fue la estrategia política invocada por Néstor Kirchner ni bien asumió como presidente. Su pro- posición política tenía entre los fines la construcción de una legitimidad propia, anteponiendo el proyecto de su programa político por sobre la expresión partidaria. La transversalidad se presentaba como una forma de representación y de participación, frente a la crisis de los partidos tradicionales y de la dirigencia política.
Días previos al acto en la ESMA, en el predio de los mercantiles se congregaron peronistas y transversales. Una reunión de la militancia que se desarrolló a lo largo de toda la jornada, con comisiones de trabajo y la presentación de paneles con expositores. Se trataba de un encuentro en el que convergían los diferentes grupos kirchneristas, ajenos a las estructuras partidarias justicialistas, grupos transversales provenientes del peronismo (Grupo Michelángelo o la Confluencia Argentina) y una variada presencia de funcionarios y dirigentes peronistas para tratar temáticas tales como: el rol del Estado, la inversión pública, el rol del sindicalismo y la defensa de los derechos humanos, entre otras.
El cierre del evento estuvo a cargo de Néstor Kirchner quien reivindicó en su discurso el valor de la militancia política y la convocatoria a la formación intelectual y política de nuevos dirigentes.
En el acto del 24 de marzo en la ESMA, ya se vislumbró la confrontación que dos días más tarde sobrevendría. Los gobernadores de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, José Manuel de la Sota de Córdoba, Jorge Busti de Entre Ríos, Jorge Obeid de Santa Fe y Carlos Verna de La Pampa, firmaron una solicitada bajo el título “Nunca más” ante las previas declaraciones a la prensa, de Hebe Bonafini: “Si van ellos, no iremos nosotras”, o si asistían serían “mal recibidos”. Kirchner no vetó a la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Su silencio asumió la posición de una postura política.
Tampoco los invitó a participar del acto desde el palco. En la solicitada calificaban la posición de Bonafini como un “acto de discriminación ideológica” y recordaban que pertenecían a la generación que había sido víctima del terrorismo de Estado y sostenían que el PJ reivindicaba “toda la memoria y no sólo una parte de ella”. “Ninguno de nosotros debe rendir examen en materia de derechos humanos”, concluyendo: “El Nunca Más se construye con grandeza, entre todos, sin olvido pero también sin odios ni resentimientos”.
El Congreso Nacional del Partido Justicialista fue el escenario en el que se desató la disputa entre transversales kirchneristas enfrentados a partidarios del PJ, una confrontación que reflejó en el cruce verbal de los congresales las tensiones y diferencias que atravesaba la relación entre Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde6. Pero esta diferencia política contenía una concepción aún más profunda. Llegado el turno del gobernador Juan Manuel de la Sota, éste señaló: “Me dolió que se planteara que yo no condeno al terrorismo de Estado y me duele porque yo sé lo que es estar con la cabeza vendada y hacerse pis de miedo cuando a uno le hacen un simulacro de fusilamiento”, y enfatizó: “Así como condeno el terrorismo de Estado, no me he olvidado que también me dolió cuando lo asesinaron a José Rucci a sólo 24 horas de que había asumido el Presidente, crimen que se adjudicó a la izquierda peronista”.
La teoría de los dos demonios volvía a emerger resignificando a la vez la disputa entre la derecha y la izquierda peronista. No se trataba de una discusión menor. Se trataba de una tensión que había atravesado la década del ’70 y la intensidad con la que se revelaba amenazaba con punzar la subjetividad política sobre la cual se cimentaban loa actos de su gobierno.
Días más tarde, fue Antonio Cafiero quien irrumpió con diversas declaraciones y confirmó toda sospecha: “Ahora la transversalidad que algunos proponen es distinta. Promueve que el PJ debería ser reemplazado por un nuevo movimiento político, inspirado en una suerte de ‘pan- peronismo’ adscripto a la cultura intelectual de la izquierda liberal y sustentado por dirigentes locales de extracción izquierdista” o “La transversalidad está
enfermita”.
Estos hechos, tal vez, hayan llevado a Néstor Kirchner a reflexionar sobre el peronismo y la conducción política.
Esa “ideología práctica” como señala Horacio González7 que se despliega en la esfera política como el tejido que articula la relación entre los hombres y la comunidad en el devenir de la historia. La conducción, en su carácter de mediación inconfesable, cobijaría la creencia de unidad ante aquello que es quebradizo. Cuando la unidad se abate aparece la ideología, que en su expectativa de alcanzar la unidad se vuelve procedimiento, es decir verticalidad, estableciendo la conducta correspondiente y necesaria.
Kirchner ejerció la conducción y forzó la renuncia de las flamantes autoridades dejando acéfalo el partido, dimitiendo a sus respectivos cargos los gobernadores: Felipe Solá, José Luis Gioja, Mario Das Neves, Jorge Busti, Gildo Insfrán, José Alperovich y el designado presidente de la conducción nacional Eduardo Fellner, aislando al gobernador mediterráneo.
La mentada transversalidad impulsada por Néstor Kirchner y su política de gobierno había colisionado con la conciencia ideológica que habitaba en los hombres del partido. Kirchner comprendió que su vínculo con el Justicialismo debía combinar la externalidad que estimule la organización de espacios sociales, políticos intelectuales, y no quedar subordinado a los designios de sus dirigentes, a la vez de ejercitar de manera férrea la conducción interna del partido, más allá de ocupar o no el cargo de presidente. De esa manera controlaría el llamado “aparato” pero el tiempo iba a confirmar que si se aspiraba a producir un cambio estructural en el PJ, el mismo debía disputarse desde el corazón mismo de su estructura.
Beatriz Sarlo afirma que el peronismo y Borges son imprescindibles para pensar la Argentina. No caben dudas que Néstor Kirchner conocía en detalle el carácter íntimo del partido político desde el cual llegó a ser intendente y gobernador y aunque tal vez no fuera un dedicado lector de Borges, su vida parece haber sido atravesada por la misma experiencia que imaginó en la biografía Tadeo Isidoro Cruz. Borges recurre como en otros relatos al Martín Fierro pero esta vez para pensar en el Sargento Cruz, al personaje que encabeza la partida para apresar al gaucho Martín Fierro y termina peleando a su lado. Borges relata ese instante en la noche en que un acto, (porque como señala Borges, los actos son nuestro símbolo) Tadeo Isidoro Cruz, se vio a si mismo, vio su rostro y escuchó su nombre; “ese momento en que el hombre sabe para siempre quien es”. Quizás a Kirchner le sucedió algo parecido al asumir el gobierno.
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